
Desde estas páginas falsas -por virtuales- queremos dar un homenaje al periodista argentino Rodolfo Walsh, nacido en Río Negro en 1927. Trabajó en Leoplán, Vea y Lea, Prensa Latina en Cuba, Panorama, Primera Plana, CGT, Semanario villero, Noticias y en 1976 organizó ANCLA, la Agencia Clandestina de Noticias. Desde el 25 de marzo de 1977 integra la lista de desaparecidos durante la dictadura militar.
Lo que sigue es un artículo suyo, titulado Vida y muerte del último Servicio Secreto de Perón, incluído en su libro de relatos periódisticos: El violento oficio de escribir (ISBN 950-742-616-7).
“El nombre de la persona que me dio la carpeta KEES debe permanecer, desgraciadamente, en reserva. Sus comentarios hubieran sido más autorizados que los míos.
KEES fue el último servicio de informaciones creado por el gobierno peronista antes de su caída. La carpeta que da cuenta de sus actividades entre el 7 y el 19 de setiembre de 1955 contiene ochenta y un partes especiales, numerados del 349 al 430. Se deduce la existencia de cuatro carpetas anteriores, que no han llegado a mis manos.
KEES probablemente empezó a operar después del fallido alzamiento del 16 de junio. Los motivos de su creación son conjeturales. Es verosímil que Perón desconfiara de los servicios militares de información.
El KEES no llegó a tener acción propia. Actuó principalmente como centro de escucha –y quizá de control– de las transmisiones que se efectuaban, a través de la R.R.P.F. (Red Radioeléctrica de la Policía Federal), la Dirección Nacional de Seguridad, el Comando de Represión y la propia policía.
Ocasionalmente monitoreó las redes del Ministerio de Marina, Prefectura y policías provinciales. Prestó cierta atención a los panfletos callejeros y las transmisiones de radios comerciales, principalmente uruguayas. Solamente en un caso –paradero de un marino retirado– encontramos al costado del parte una anotación a lápiz:
“Detener y allanar domicilio”. Y más abajo, en tinta: “Se cumplió”. Los partes 427 a 430 del 19 de setiembre, que describen el bombardeo de la Marina a Mar del Plata, traen anotaciones a lápiz que dicen: “Pasado a comando J.” o bien “Pasado a Comando J. y Gral.”. El Comando J. es probablemente el comando de la junta militar a raíz de la renuncia de Perón. La identidad del “general” es hipotética pero fácilmente presumible…
Sin duda el interés mayor de estos documentos es que muestran cómo se vivió la revolución del ‘55 desde adentro de los organismos encargados de reprimirla. Un elemento accesorio de interés es que ilustran, aunque sea de modo incompleto, cómo actúan algunos servicios de informaciones. A KEES le servía de pantalla una repartición municipal. Contaba, sin duda, con personal adiestrado, militar o policial. La información era repartida en hojas dactilografiadas y copiadas al carbónico, cuyos destinatarios eran seguramente Perón y algunos de sus ministros y funcionarios claves. El sistema de copia permite suponer que el número de ejemplares era escaso, alrededor de media docena.
La transcripción integral de la carpeta KEES demandaría un volumen de 200 páginas. Aquí seleccionaré los partes más importantes, que constituyen una historia íntima de la revolución de setiembre, vista desde el bando de los vencidos. En caso necesario completaré esa visión unilateral con breves referencias a testimonios producidos por el otro bando, en particular el relato de Luis Ernesto Lonardi, en su libro Dios es Justo.
“Esos marinos”
Para nosotros, la historia empieza a las 20.45 del 7 de setiembre de 1955, cuando KEES emite su parte especial 349 que consta de seis puntos. El primero carece de importancia: informa sobre la huelga médica en Paraná. El segundo es curioso: la R.P.N.M. (Red de la Prefectura) informa al Consejo Federal de Seguridad con carácter de “urgente” y reservado la llegada a Punta Arenas de una fragata inglesa. Ese arribo se ha producido veinte días antes, el 18 de agosto, fecha en que –se agrega– fue hallada a bordo del vapor francés Laenneo en el Río de la Plata “la pasajera clandestina Lidia Olmos del Campo de Zavala Ortiz… siendo entregada a las autoridades del Uruguay”. Los movimientos de la escuadra inglesa y de la esposa del conocido dirigente político son anécdotas. Lo que cabe subrayar es la morosidad de la información que daba la Prefectura al Consejo.
Lo que sigue tiene un significado retrospectivo que no escapará a quienes recuerden cuál fue el último asilo de Perón en la Argentina:
“4° R.P.N.M. Hora 18.30. Radioconversación entre Prefectura Central y Subprefectura Corrientes:
“Comentes: Despacho día 23 de agosto ppdo. se refería a que ese mismo día, horas 13.45, había pasado por el puerto Corrientes, aguas abajo, una cañonera paraguaya con nombre ilegible.”
El punto siguiente del parte aborda ya en forma directa uno de los problemas que más debieron inquietar al gobierno: la actitud de la Marina después de la derrota del 16 de junio:
“5° R.P.N.M. Hora 18.45. Radioconversación entre Prefectura Central y Subprefectura de Bahía Blanca:
“Bahía Blanca: Información sobre aviones establecía que los aviones eran armados por personal militar, no permitiéndose la intervención de personal civil y que circulaban rumores de que los aviones saldrían el día 3 del actual para Buenos Aires.
“Central: Comprendido. ¿Y sobre esos marinos qué hay?
“Bahía Blanca: El día 6 y 7 del corriente habrían sido detenidos en Puerto Belgrano y trasladados a esa Capital el capitán de fragata Sánchez Moreno, comandante de una fragata, el capitán de fragata San Pietro, segundo comandante del 9 de Julio y el teniente de navío Cúneo, comandante del remolcador Diaguita.
“Central: Muy bien. ¿Qué barcos habían salido?
“Bahía Blanca: En vez del 9 de Julio salió el 17 de Octubre y también La Argentina.”
Los aviones eran de la base Espora. Allí estaba concentrada toda la aviación naval, tras el desmantelamiento de Punta Indio. Cuando el 13 de agosto escaparon de Espora los tenientes de navío Collet y Corbera, el gobierno ordenó la suspensión de los vuelos y el desarme de los aviones. La medida se revocó un mes más tarde. Los pilotos estaban casi totalmente comprometidos con el nuevo alzamiento en marcha.
KEES era y siguió siendo hasta el fin un servicio incipiente. No tenía, al parecer, personal ni equipo para manejar más de una situación importante. De ahí que abandone enseguida esa punta del hilo conspiratorio, interrumpiendo la escucha de la Red de Prefectura y concentrándose en la red policial. Lo que pasa es que por la R.P.F. se tramitan mensajes más urgentes: algo se está moviendo en Córdoba.
Los espejismos.
¿Por qué triunfa o fracasa un movimiento militar? Al margen de la relación de fuerzas, la estrategia, etc., es la información o “inteligencia” la que desempeña a menudo un papel decisivo. Puesto que la revolución del ‘55 triunfó, ya no es astuto sorprenderse de que los servicios de informaciones y seguridad encargados de detectarla hayan fracasado. Cabe preguntar, en cambio, por qué fracasaron. Una parte de la respuesta es, a mi juicio, que persiguieron tres espejismos.
Para estudiar el primero, hay que remontarse al discurso que pronunció Perón el 31 de agosto de 1955, poniendo término a la pacificación iniciada en julio, prometiendo responder a la violencia con una violencia mayor y asegurando que “cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”.
Algunos oficiales del ejército conspiraban ya. Uno de ellos, el general Dalmiro Videla Balaguer, portador de la medalla peronista de la lealtad, decidió esa misma noche sublevar la Escuela de Artillería de Córdoba y con ese fin mandó un emisario, Torres Fotheringham, que naturalmente fue rechazado. Videla Balaguer y los cuatro jefes que lo secundaban debieron huir, pero los servicios de seguridad del gobierno los convirtieron en su objetivo número uno, cuando en realidad carecían de fuerzas propias y estaban desvinculados de la verdadera conspiración.
El segundo espejismo fue el coronel retirado Juan Francisco Castro, ex ministro de transportes de Perón.
El tercer espejismo fue el general Oscar Silva, edecán de Uriburu en el ‘30, más tarde director del Colegio Militar y embajador en España. Hasta 1954 gozaba de la confianza de Perón.
Durante la primera quincena de setiembre casi todos los esfuerzos del Consejo Federal de Seguridad, la Policía Federal y la Policía cordobesa se concentraron en localizar y detener a estos tres hombres. El azar quiso que Silva y Castro estuvieran efectivamente en la provincia de Córdoba, lo mismo que Videla Balaguer.
El general Silva fue detenido el 14 de setiembre, a las 19.30. El coronel Castro, al día siguiente. Ya era tarde para buscar a los verdaderos conspiradores. Ninguno de los dos ha figurado hasta ahora en las historias publicadas de la revolución del ‘55, a la que prestaron este involuntario servicio.
Por natural compensación, tampoco aparecen en las carpetas del KEES, hasta el 16 de setiembre, el general Lonardi, Ossorio Arana, Rial, Señorans, ni Aramburu…
Un hombre
Entre los muchos episodios pintorescos desperdigados a lo largo de la carpeta KEES, hay uno especialmente jocoso. Consta en un parte de la policía de San Javier (provincia de Santa Fe) al director general de policía de Rosario. Es del 18 de setiembre y dice así:
“A su 6168 informo: 16.00 horas entró detenido X. X. (omitimos el nombre del protagonista) quien en oportunidad de realizarse Feria Rural subió a la tribuna diciendo: ‘Pido un minuto de silencio por los que están muriendo por la libertad’, agregando: ‘Me proclamo jefe de la revolución en San Javier y los invito a la rebelión, citando exclusivamente a las mujeres de San Javier para una reunión esta noche, para festejar el triunfo de la revolución”.