Aún en horas bajas
19 de Septiembre de 2006 por José Luis García
Aún en horas bajas, un gigante no deja de ser gigantesco.
Que tiene su complemento con éste:
Cuando alcanza la cima, un idiota no deja de ser eso, un imbécil en lo alto de un montón de chatarra.
De la colección del autor: Proverbios para el día de hoy, publicado con posterioridad a las Memorias de un Elefante casi transparente, que como todo casi todo el mundo conoce, comienza así:
Un día decidí salir a caminar y los topos comenzaron a cerrar todos los caminos. El viento me traía tu perfume enredado en nubes de algodón acrílico. Las gentes me saludaban, y yo confuso y pequeño, gritaba el nombre de Alá, sólo para guardar las apariencias.
Dios en las alturas y yo en las negruras, habiéndomelas con los malditos topos.
Suena una trompeta, la del fin del mundo, me digo, pero no, son los anuncios que tratan de venderme una compresa para mi menguado cerebro.
Dejadme en paz, topos de la tierra, jamás entraré con vosotros en esos túneles oscuros, llenos de tierra y blogs de diseño.
Y así fue como tropecé con el elefante casi transparente, digo casi, porque pude verle en ligero contraste con las nubes del fondo.
Fue una amistad a primera vista:
-¿Cómo te llamas? - le pregunté.
- Ildefonso -dijo con sencillez, y luego continuó-: Acompáñame, por favor, mi aventura es curiosa y necesito tener cerca a alguien más opaco que yo.
- Pues Paco me llameré a partir de ahora -le dije y avanzamos juntos en esta aventura que ahora se inicia.
Caminamos juntos todo el día, tratando de alejarnos de los túneles. Al llegar la oscuridad de la noche di con mis narices en una de las patas de Ildefonso, que en la negritud era más transparente que casi.
-Paremos, la aventura comienza ahora -me dijo.
Un agujero inmenso comenzó a abrirse delante de nosotros
-Malditos topos -dije yo.
-Calla, que no son ellos, Paco, es algo infinito y peor.
-¿Peor que los topos?, imposible. Ellos me persiguen desde mi tierna y limitada infancia.
-Calla, Paco, que es Dios.
Un trueno lejano, luego otro más cercano y luego un rayo nos dió en las narices. se levantaron nubes de polvo y ceniza y cuando todos los efectos especiales desaparecieron, escuchamos una voz de trompeta:
-Bajad la cabeza ante Dios.
Lo hicimos, para no quedar mal. Y al poco oímos una voz algo afeminada:
-Bueno, vale, vale, ya podéis mirarme, no seais más mariquitas que yo.
Y allí estaba él, enfundado en un traje blanco de corte impecable, rubio, pálido y muy afeminado.
-¿No tenías otro opaco a mano, querido Ildefonso?- preguntó con desdén y cierta maniobra de manos que no llegué a entender.
-Es un buen chico -dijo mi amigo casi-, incluso se ha bautizado Paco.
-Conmovedor -dijo con un suspiro-, pues os dejo a vuestro libre albedrío -un trueno lo sacó de nuestra vista y dime cuenta que ahora estábamos en otro lugar, un bosque hermoso, hasta virgen y voluptuoso.
-Ya estamos aquí -anunció Ildefonso.




